DOMINGO V DE PASCUA “NO PERDAMOS LA PAZ”
La permanencia en el dolor, si perdura, a cualquiera desespera y desalienta. Por eso, hay que levantar la vista hacia la meta feliz para descubrir lo que realmente importa. Esto fue lo que “los 12” determinaron discernir junto con la multitud de los discípulos, cuando se vieron agobiados de múltiples ocupaciones. A ellos les parecía que lo más importante era la oración y, como apóstoles que eran, el ministerio de la palabra de Dios. Hoy, todo sacrificio es poco, con tal de que preservemos la vida nuestra y la de los demás. “Encerrados,” como el grano sembrado, hay que esperar pacientemente una mejor vida y una nueva normalidad. Hoy, démosle más espacio a la oración; que nos haga valorar la vida que más importa.
Frente a este “cáliz” que nos sobreviene, oremos para hacer la voluntad de Dios, por más dolorosa que sea. Frente a esta epidemia que nos zarandea, acerquémonos al Señor Jesús, la piedra viva, rechazada por los hombres, pero que es para nosotros, piedra escogida y preciosa a los ojos de Dios. Y hemos de sentirnos, en esta tribulación, dichosos porque hemos creído; buscamos esta vida y otra Vida mejor. Así que no perdemos nada y sí ganamos todo.
Hoy, Jesús, nos invita a no perder la paz. Su ausencia es para prepararnos un lugar. Se va, para volver y llevarnos con él. Donde él está quiere que estemos nosotros. Y, para no perdernos, desde ahora nos dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Él es el único que puede mostrarnos al verdadero Dios.
Por eso, con los pies puestos firmemente en la tierra, levantemos siempre la mirada hacia el cielo donde está Dios. Caminemos luchando, hasta remontarnos a Dios. La enfermedad y la muerte, siempre juntas, nos asediarán y nos mortificarán, sin que puedan jamás matar nuestro espíritu. Si creemos en Dios y amamos a nuestros hermanos, nunca perderemos la paz.

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